Y para tratar el film hay que adentrarse en el pantanoso mundo de los productores gordos con bigotillo fino que fuman puros, visten trajes baratos y habitan cochambrosas oficinas. Y en este perfil encaja Dick Randall, nuestro hombre. Empezó en los 50 escribiendo chistes para el cómico Milton Berle (te acordarás de él porque lo viste en El príncipe de Bel-Air haciendo del vejete que, estando postrado en la cama de un hospital, tiraba su sombrero para verle el culo a las enfermeras) para seguidamente meterse en el terreno de la distribución de películas europeas en suelo norteamericano bajo el amparo de la AIP. Evidentemente, todo producciones de muy bajos vuelos, que se proyectan en autocines y salas de bajos fondos. Y de aquellos barros estos lodos, la cosa se le complica y comienza a deber pasta a todo el mundo, incluido el fisco americano que le podría conllevar pena de cárcel, aunque hay algunas fuentes que dicen que llegó a pasar un tiempo entre rejas.
Muy posiblemente, el hecho de presentar el nombre de Mancini en la documentación oficial fuese una triquiñuela para recibir algún tipo de subvención del gobierno italiano.
Pero lo que está claro que estamos ante una locura psicotrónica que solo podía ser parida en la serie Z de la época, y que puede hacer una gran sesión doble con cualquier subproducto de Randall, que por otro lado, según cuentan los que trabajaron para él, era un tipo afable que le interesaban más los negocios que el cine pero que estaba lejos de ser el clásico productor cabrón que engañaba a todo le mundo. Algo es algo.

































