martes, julio 24, 2012

Estamos muertos... ¿o qué?

Estamos muertos... ¿o qué?
Si por algo destacará Mark Goldblatt en esto del cine es por su labor de montador en pelis de acción, todo un habitual de la edición en la filmografía de James Cameron (Terminator 1 y 2, Mentiras arriesgadas) y Paul Verhoven (Starship troopers, El hombre sin sombra), aparte de un buen puñado de films de acción (Commando, Depredador 2, El último boy scout).

Como director no pasará a la historia precisamente, pero muchos lo defenderán por su segunda y última película, Vengador, o para los más despistados la primera versión de Punisher, la que protagonizó un teñido Dolph Lundgren. Una película que borraba de un plumazo cualquier atisbo de lo que hacía reconocible al personaje del cómic: ni hay calavera en el pecho, ni Frank Castle era un ex marine ni nada de nada. Con lo que nos encontrábamos una película más cercana al cine de justicieros estilo Charles Bronson que a una adaptación del cómic.
Lo del título en castellano pidan cuentas al distribuidor José Frade.

Estamos muertos... ¿o qué?
En cambio, su primera película está bastante escondida en la memoria. Quizá porque en su momento fue un fracaso o porque ni dejó contentos a los que se pensaban que era una peli de acción, ni a los que creyeron que era de terror. Y eso que era una habitual de las tardes de los sábados en los inicios de Antena 3.

Aquí la cosa iba de crear un exploitation de Arma letal pero metiéndole un toque fantástico. Tenemos dos polis, el poli metódico, bien vestido y que sigue a raja tabla el manual de buen policía; luego tenemos a su compañero, un impresentable que le tira los trastos a todo lo que se mueve, va soltando chistes malos y se pasa el día comiendo (pese a estar mazas). La pareja acude al rescate de un robo en una joyería, donde al final se cargan a los asaltantes, no sin antes dejarse medio arsenal. Cuando llevan el cuerpo de los chorizos a la morgue se dan cuenta que días antes ya les habían hecho una autopsia a esos mismos tipos. Con lo que ya tenemos a la pareja de poli bueno-poli malo investigando el caso de esos cacos zombi.

Estamos muertos... ¿o qué?
Estamos muertos... ¿o qué? (horrible título patrio perpetrado por -¡otra vez!- José Frade, que también nos obsequió con un cartel garrulísimo) cuenta con una pareja protagonista cuanto menos curiosa: Treat Williams, uno de los prota del musical Hair, y al cómico Joe Piscopo, muy famoso en los 80 en los USA por su participación en el Saturday night live, que para la ocasión se cicló a tope, sobre todo viéndole un año antes en Johnny peligroso.

Piscopo en un principio rechazó el papel porque el guión estaba lleno de gore, pero cuando se lo volvieron a enviar mucho más suavizado acabó por meterse en la producción. Además de quitar bastantes higadillos y vísceras varias, Goldblatt también eliminó muchos diálogos que él consideraba racistas. Con lo que tenemos uno de esos casos en los que el guión escrito a lo que se acabó viendo en pantalla se debían parecer como un huevo a una castaña.

Estamos muertos... ¿o qué?
También tenemos por ahí a Vincent Price, del que no hace falta presentación alguna; Darren McGavin (el Kolchack de Galería nocturna), Keye Luke (el vendedor de mogwais de Gremlins 1 & 2), Toru Tanaka (el Subzero de Perseguido) y un par de cameos de un habitual de las pelis de Joe Dante, Dick Miller y la scream queen Linnea Quigley.

El film es un producto que sólo podía haberse hecho en los 80. Esa mezcla de terror y humor tan propia de la época (La divertida noche de los zombis) en su momento eran terriblemente criticadas por el fandom, pero el tiempo todo lo cura. Pese a su fracaso (sólo costó 5 millones pero recaudó menos de 4), como suele ser habitual en este tipo de productos, el tiempo ha ido convirtiéndola en una cinta con cierto culto. El suficiente para que Anchor Bay se acordara de ella y le dedicara una edición especial con extras a tener en cuenta.

Estamos muertos... ¿o qué?
La película peca de tener un inicio prometedor, pero a partir de la mitad de metraje la cosa decae y mucho. No es que lo pasemos mal en su visionado, pero las expectativas estaban altas. Además de encontrarnos un queso gruyer a modo de guión, se nota (y mucho) que este se fue modificando constantemente porque uno nunca sabe porque los personajes van de un sitio a otro.

Uno de los momentos más originales es cuando los protagonistas acaban es una especie de carnicería regentada por unos asiáticos, que parece salida de un fotograma de Golpe en la pequeña china. Allí los animales muertos resucitarán, entre ellos pollos o terneras despellejadas. Todo un alarde de maquillajes y animatrónics por parte de Steve Johnson (Videodrome, Golpe en la pequeña China); sin duda, lo mejor del film.

Aun así, el regustillo que te queda es amargo en esta película de la que se planteó seriamente hacerle una secuela, pero que vistos los resultados económicos quedó en aguas de borrajas.