Lo de Álex de la Iglesia ya era una crónica de decadencia anunciada. Si los
90 los sorteó de una forma brillante (aunque con algún traspiés -Perdita Durango, 1997-), fue
entrar en el nuevo milenio e ir alternando cosas mu ricas (La comunidad, 2000)con cosas
chungas (800 balas, 2002). Ya las últimas películas, desde Los crímenes de Oxford, son
cosas muy poco agradecidas. Su anterior peli, Las brujas de
Zugarramurdi, tenía repuntes, pero también mogollón de altibajos.
Mi gran noche parece, en cierta manera, un spin off deMuertos de risa,
como si hubiera querido colocar la cámara en una de esas grabaciones de
las galas de fin de año que presentaban Nino y Bruno. Y la idea es
interesante, una especie de versión castiza de la claustrofóbica
Treatment shock, pero una cosa es la teoría y otra la práctica.
Lo que nos han vendido como un tour de force entre el resucitado
(cinematograficamente hablando) Raphael y Mario Casas, es, en realidad, una
comedia coral donde esta pareja no tienen mucho más protagonismo que el
resto del cast. Sin ir más lejos, Raphael encabeza los títulos de
crédito, cuando sale bastante menos que Pepón Nieto, indiscutiblemente
(por número de escenas) quien debería encabezar la lista. Pero claro, si
pones a Pepón Nieto encabezando el poster no va al cine ni la cuñada de
Enrique Cerezo, que debe ir gratis, digo yo. Pero (debieron pensar)
lo que nos hará arrastrar público a las masas es vender al cantante de antaño, con su séquito de fans de la tercera edad (y además irá a ¡Qué tiempo tan feliz! a promocionarla) y al mojabragas de turno con las amigas de Hombres, mujeres y su puta madre. Raphael, digámoslo ya, está mal. No es actor y se nota. Pero aun y así
tiene algún despunte que hace que lo salvemos de la quema. No así Jaime Ordóñez.
Actor malo, malo, donde lo haya. Nunca debió dejar el agujero de triste
comparsa de José Mota en sus insufribles y apolillados programas de
gracietas. En cambio, el resto del cast (Nieto, Mario Casas, Tomás Pozzi...) están en
su salsa y no nos darán grima. ¡Hasta Carolina Bang está bien! Su
querido le debe haber pagado algunos cursos de interpretación.
Por lo demás la cinta tiene un guión muy malo. No hay peor cosa que una comedia que no tiene gracia. Que en pleno 2015 De la Iglesia y su guionista habitual Jorge Guerricaechevarría pretendan que haga gracia una parodia del Torero de Chayanne con una letra de chirigota que es digna de La parodia nacional de hace 20 años en Cangrena 3, es de una pereza pasmosa.
Es una lástima que de los pocos directores de la fauna ibérica que ha
mamado cultura popular y no se quedó con el puñetero Billy Wilder, no
saque el potencial que se le supone, con una película que no va a
funcionar en taquilla. Luego, en nada, estrenarán el bodriazo de la secuela de los topicazos de 8 apellidos vascos y lo petará.
Dice el amigo Álex que quiere hacer una nueva cinta de El Santo. Pues muy bien, pero que no cuente conmigo.
La que para algunos es su última película "buena", Roma, año 2072 D.C.: los gladiadores (I guerrieri dell'anno 2072, 1984), su única incursión en la ciencia ficción, parte del exploit puro y duro. En este caso de la saga Mad Max, más concretamente de su secuela, Mad Max 2. El guerrero de la carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981), que fue la que puso de moda ese subgénero de cine postapocalíptico que tanto supo aprovechar la escuela italiana. El film de Fulci también chupa (y mucho) de 1997: Rescate en Nueva York (Escape from New York, 1981), Rollerball (Rollerball, 1975) y, a nivel estético, Blade Runner (Blade Runner, 1982). En un principio la historia, escrita por las mentes pensantes que estaban detrás de Nueva York bajo el terror de los zombi (Zombi 2, 1979)o1990: Los guerreros del Bronx (1990: Il guerriere del Bronx, 1982), fue ofrecida a Enzo Castellari, pero al final acabó en manos de Fulci.
En el 2072 la televisión poco menos que controla el mundo. El canal Seven Seas comprueba que su programa estrella, "Killer bikes", comienza a bajar sus niveles de audiencia y decide crear un nuevo y sanguinario espectáculo: "La batalla de los condenados", un programa donde los participantes son reos condenados a muerte que lucharan por sus vidas. El ganador conseguirá la libertad. Para darle más chicha al asunto deciden meter en el concurso a una cara conocida. Para ello tiran de Drake, el campeón e ídolo del programa "Killer bikes". Pero como es un ciudadano "normal" no puede concursar, así que el canal de televisión urdirá un complot para acusarle del asesinato de los que mataron a su mujer.
Está claro que si has visto Perseguido (The running man, 1987)todo esto no te será nuevo. Algún avispado podría decir que el film de Fulci bebió de la novela original de Stephen King, pero ésta y la película protagonizada por Schwarzenegger se parecen como un huevo a una castaña. La cosa está clara, el guionista Steven E. de Souza se empapó a base de bien del film italiano.
Y es que la similitudes entre las dos películas van mucho más allá de la sinopsis, compartiendo detalles que casi pasarían desapercibidos. Si en el film americano había unos collares que hacían explotar las cabezas, aquí es lo mismo pero con pulseras. También tenemos una chica que trabaja en el canal televisivo que desenmaraña la farsa ideada por los ejecutivos y que se alía con el protagonista, llegando a participar en el concurso. Lo mismo que el personaje de Maria Conchita Alonso. Aquí, los protagonistas se topan con unos esqueletos a los que se les presume que fueron antiguos gladiadores del concurso, al igual que le pasaba a la cuadrilla de Arnie cuando se topaban con los restos de los que se creían ganadores de ediciones anteriores. Y seguramente se podrían sacar más similitudes entre los dos films, dejando bien claro que los yankis fusilaron sin ningún rubor el film transalpino.
Centrándonos en el film que nos interesa, la cosa se queda en el clásico divertimento a ratos chusco, a ratos salvable que tan bien se le daba a Fulci, que no puede evitar meter (cuando puede) su firma gore, como alguna decapitación o un ojo pinchado cual aceituna dominguera a la hora del vermut. Con un montón de secuencias con maquetas que quieren ir de Blade Runner y se quedan en SuperSonic Man (Supersonic Man, 1979) pero que tienen un encanto difícil de superar. Al igual que su banda sonora, muy moderna para la época y que si hoy en día se marcasen esos temas los Daft Punkla gente mojaría las bragas. Lástima que en el film se abuse en exceso de uno de los temas que, por otra parte, tiene un riff brutal.
Se nota que Fulci dispuso de bastante más dinero del que solía manejar (se habla de algo más de medio millón de euros actuales, en la época mil millones de liras), pero aun y así insuficiente para lo ambicioso del proyecto. Al pasar todo en localizaciones cerradas, salvo la parte del concurso, que sucede en un supuesto coliseo donde no se ve el público, queda todo muy hermético, y echamos en falta algún plano con la gente viendo en su casa el programa. Quedándose la cosa con un par de escenas donde alguna nave voladora recorre una Roma futurista con muchas lucecitas y exceso de flou.
En cuanto al cast, pasaban por allí Jared Martin, un habitual de las series televisivas norteamericanas y que volvió a trabajar con Fulci en Aenigma (Aenigma, 1987); y el siempre entrañable Fred Williamson, en plena etapa italiana.
Decía el propio Roberto Benigni que el proyecto de una adaptación de Pinocho con actores reales se remontaba a los primeros 90, cuando Federico Fellini quería realizarla con él como protagonista. Pero la muerte del director de Amacord (Amacord, 1973) condenó el proyecto al ostracismo, hasta que, a finales de los 90, con un Benigni exultante después del éxito de La vida es bella (La vita è bella, 1997) se lió la manta a la cabeza para retomarlo. Pero claro, después del éxito y los premios, esto no podía ser una película más, tenía que ser algo gigantesco.
La historia del títere de madera que quiere ser un niño de verdad ya la conocemos más o menos, porque la versión deDisney, que como es habitual en la casa, no es demasiado fiel al original, es la que acabó influyendo a todas las que vinieron después, que son un puñado. Muchas de ellas adaptaciones televisivas como: la versión stop motion producida por el duplo Rankin/Bass que aquí nos llegó en los 80 en plena explosión de los videoclubs, Las nuevas aventuras de Pinocho (The new adventures of Pinocchio, 1960); una serie italiana (que luego tuvo un remontaje cinematográfico de 2 horas) donde Franco Franchi y Ciccio Ingrassia hacían de el gato y el zorro, Gina Lollobrigida era el hada y Nino Manfredi era Geppetto, Las aventuras de Pinocho (Le avventure di Pinocchio, 1972); una adaptación televisiva americana en clave musical protagonizada por Sandy Duncan(Pinocchio, 1976) que aquí vimos en VHSy algún pase por las autonómicas; y, cómo no, las versiones anime llegadas desde Japón, Pinocho (Kashi no ki Mokku, 1972) y Las aventuras de Pinocho (Pikorino no Boken, 1976).
Siguiendo con versiones animadas estaba la Filmation (cuando le dio por hacer secuelas bastardas de las versiones de Disney),Pinocho y el emperador de la noche (Pinocchio and the emperor of the night, 1987); un mediometraje de 1984 para la serie de Shelley DuvalCuentos de hadas (Faerie tale theatre), donde el niño de madera era interpretado por Paul "Pee-wee Herman" Reubens. Ya en los 90 tuvimos un exploit de Muñeco diabólico (Child's play, 1988) de mínimo presupuesto como La venganza de Pinocho (Pinocchio's revenge, 1996) de Kevin S. Tenney, director de Witchboard. Juego diabólico (Witchboard, 1986); Pinocho, la leyenda (The adventures of Pinocchio, 1996), aquella dirigida por Steve Barron (Las tortugas ninja, 1990) y con Martin Landau, en la que colaboraba Brian May en la banda sonora y la marioneta estaba creada por el estudio de Jim Henson, que, además, tuvo una secuela, Pinocho y Gepetto (The new adventures of Pinocchio, 1999). O esa versión (no tan) encubierta que es Inteligencia Artificial (Artificial Intelligence, 2001). Incluso la Cannon llegó anunciar en los 80 un Pinocchio. The robot con guión de Dan O'bannon, dirección de Tobe Hooper y Lee Marvin como Geppetto. Evidentemente no se llegó a rodar un solo fotograma.
El Pinocho de Benigni es una versión bastante respetuosa, empezando por el atuendo que lleva el protagonista, que es calcado a las ilustraciones de Carlo Chiostri para la primera edición de la obra impresa. También respeta su personalidad, siendo un cabronazo que se mete con su padre porque lleva peluca y le
da absolutamente igual que éste acabe en la cárcel por sus fechorías,
maltrata a los animales y quiere matar de un mazazo a Pepito grillo.
Cosa esta última que consigue, siendo fiel al relato original de Collodi. Siguiendo con sus tropelías, el padre vende la chaqueta para comprarle un libro para que estudie en la escuela y lo acaba vendiendo para pagar la entrada al teatro de marionetas. Lo que se dice un auténtico hijoputa. Al final el padre, con toda la razón del mundo, sólo quiere matarlo con sus propias manos.
El film fue una producciones faraónica para los cánones europeos: 8 meses de preproducción, 7 de rodaje y otros 8 de posproducción. Costó 40 millones de euros, siendo la película más cara de la historia en Italia, siendo allí un gran éxito recaudando 25 millones. En USA, con un estreno muy limitado (ya sabemos como son para las películas foráneas), consiguió 4 millones de dólares. Todo eso, más lo que consiguió en otros países, le permitió recuperar los 40 millones invertidos, pero ya daba igual, es muy fácil poner etiquetas y muy difícil desprenderse de ellas. Este Pinocchio ya era conocido como un despropósito y los prejuicios siempre están a flor de piel. ¿Es esta adaptación de la obra de Collodi tan mala como arrastra su fama? No, ni de lejos.
La película es una adaptación bastante fiel, (por lo menos mucho más que la de Disney, que es la que acabó influyendo a las que vinieron después) con un despliegue de medios impresionante. Decorados muy conseguidos, efectos digitales que siguen manteniendo el tipo pese a tener 15 años, un ritmo endiablado y un personaje tan cabrón que uno no puede dejar de tomárselo como un Alvaro Vitali/Jaimito al que le han quitado la libido.
Está claro que con esta película Benigni pagó la factura de La vida es bella. Poca gracia le debió hacer a los yankis su esperpento en los Oscar y le estaban esperando con los cuchillos afilados. Sólo así se explica que en su Italia natal fuera la película más taquillera del momento y recibiera bastantes premios, mientas que, al otro lado del charco, era todo lo contrario. Tampoco debió ayudar mucho que los hermanos Weinstein y su Miramax estuvieran detrás de la producción, y ya sabemos que este par son odiados a muerte por los críticos de allí. Los americanos no entendían que hacía un tipo de 50 años haciendo de Pinocho (se nota que no han mamado El chavo del ocho) y porque no tenía ningún detalle de maquillaje que denotase su condición de marioneta. Tampoco pasó desapercibido su doblaje. Ya sabemos que los americanos no son amigos del doblaje en los films de acción real (para eso compran los derechos y hacen su propia versión) y aquí, queriendo vender la película a un público puramente infantil, y sabiendo de sus limitaciones de lectura, decidieron doblarla y, al parecer, no demasiado bien. Para nosotros la película es una total desconocida. Como solía pasar con las producciones de Miramax, era Lauren Films quien tenía los derechos de distribución, pero pese a anunciarla y a verse algún que otro cartel promocional, nunca llegó a estrenarla debido a sus problemas económicos. Lo que nos perdimos.
Aunque nos pueda parecer que en la actualidad los gimnasios se han convertido en centros de ligoteo y relaciones sociales, es algo que viene de muy atrás. 30 años, por lo menos. Y eso lo vio Aaron Latham, periodista que escribía en la Rolling Stone y le dedicó un artículo al tema llamado Looking for Mr. Body. Dicho escrito acabó siendo la base para Perfect (Perfect, 1985) film protagonizado por John Travolta y Jamie Lee Curtis (preocupada por quitarse de encima la etiqueta de scream queen), lo que tenía que ser la pareja del momento y que hiciera saltar las chispas de sudor y fluidos.
Looking for Mr. Goodbody
Looking for Mr. Goodbody
Looking for Mr. Goodbody
Looking for Mr. Goodbody
Para Travolta significó un fracaso que dejó su carrera contra las cuerdas. El tipo del hoyuelo venía de protagonizar Welcome back, Kotter, una sitcom que aquí no vimos pero que en USA funcionaba muy bien y le empezó a dar fama. Después de algún telefilm (El chico de la burbuja de plástico, 1976) y alguna que otra presencia secundaria (Carrie, 1976), llegaría la fama, el estrellato y la farlopa a cucharadas con Fiebre del sábado noche (Saturday night fever, 1977) y Grease (Grease, 1977). Con semejante combo poco importaba que tuviera un traspiés (más de crítica que de taquilla) como Vivir el momento (Moment by moment, 1978), y más cuando Johnny era un mojabragas que en países como Spain, poner su foto en la portada de cualquier revista de kiosco era sinónimo de agotar los ejemplares. Cowboy de ciudad (Urban cowboy, 1980) significó entrar en los 80 con cierto éxito (aunque más lo fue su banda sonora). Impacto (Blow up, 1981) era volver a las órdenes de un De Palma que venía del éxito de Vestida para matar (Dressed to kill, 1980). Pero esta nueva colaboración, que debía ser un film de bajo presupuesto pero se hinchó ante la llegada de la estrella, acabó como un fracaso económico. Después de 2 años en blanco, la mejor opción parecía una secuela de unos de sus mayores éxitos. Staying alive. La fiebre continúa (Staying alive, 1983) se llevó críticas negativas y nominaciones a los Razzie a mansalva, pero aun y así en taquilla funcionó muy bien. Y si el film dirigido por Stallone dejaba claro aquello de "segundas partes nunca fueron buenas", no le debió quedar muy claro al actor porque su siguiente film era una reunión con Olivia Newton-John, que también había recibido lo suyo con Xanadú (Xanadu, 1980). Tal para cual (Two of a kind, 1983) fue otro quebradero de cabeza en taquilla y en críticas. Su carrera estaba totalmente en entredicho, y más cuando había rechazado protagonizar hits como American gigoló (American gigolo, 1980) y Oficial y caballero (Ann officer and gentleman, 1982).
Y ya, por fin, su siguiente proyecto era este Perfect (Perfect, 1985). Y la idea no era mala, volvería a reunirse con el director James Bridges y el guionista/periodista Aaron Latham, con los que ya había coincidido en Cowboy de ciudad (Urban cowboy, 1980). Lo que sí era malo era todo lo demás. Perfect es uno de esos bodrios 80teros que ni siquiera se salva por reírnos de una estética llena de hombreras y pelos cardados, porque de todo eso no hay. Es curioso, pero estéticamente la película no delata en exceso su condición de 80tera. Por lo demás tenemos una historia totalmente estúpida, donde Travolta ejerce de periodista de la Rolling Stone (una especie de recreación del propio Aaron Latham) que, mientras está detrás de una posible conspiración de un tipo acusado de tráfico de drogas (interpretado por Kenneth Welsh, el Windom Earle de Twin Peaks), decide meterse en un club de fitness para escribir sobre todos los escarceos sexuales de los que lo frecuentan. Y por ahí se encuentra a Jamie Lee Curtis haciendo de monitora, con la que, evidentemente, querrá tener algo más que palabras.
Escenas de ligoteo barato, tipos con bigotes más ridículos que el de Aznar,Travolta y Curtis haciendo clases de pelvis que no acaban nunca... Y así durante casi dos horazas. Decir que el film es malo es quedarse corto. Y no me extraña que le pusieran esa carátula con Johnny moviendo la cintura y sudando, la única forma de engañar al personal era que las fans del tipo cayeran embobadas a sus embestidas pélvicas. La cosa terminó con un fracaso de aquellos bien merecidos. Jamie Lee Curtis no levantaría cabeza hasta Un pez llamado Wanda (A fish called Wanda, 1988), que mira que ha envejecido mal. Su director, James Bridges, haría la farlopada protagonizada por Michael J. Fox, Noches de neón (Bright lights, big city, 1988) y se murió. Por su parte, Travolta caería más bajo con su siguiente película, Expertos (The experts, 1989), que aquí llegó directamente a vídeo. Por fortuna para él llegó Mira quien habla (Look's who talking, 1989) un exitazo que se alargaría con dos secuelas y una serie de televisión. Y después, como ya sabrás, llegaría Tarantino y su Pulp fiction (Pulp fiction, 1994).
Ya hace algunos años, en uno de esos pases televisivos que Telecinco nos brindaba en los primeros 90, y después de bastantes años, revisioné Las aventuras de Enrique y Ana. Y, aparte de quedarme to loco, me dejó chipiriflaútico los parecidos con The Rocky Horror Picture Show (The Rocky Horror Picture Show, 1975). Eso no podía ser casualidad. Años después, cuando llegó internet y nos jodió las vidas, comprobé que las similitudes no solo las había encontrado yo, si no que era algo generalizado.
De sobras conocemos ese boom que asoló la piel del toro con grupos infantiles que vendían cassettes en bares y gasolineras a ritmo sabrosón, y que una cosa lleva a la otra y Boomer no es el único chicle que se estira de forma kilométrica. Todos (o muchos de) esos chavales que cantaban como Farinelli tuvieron sus escarceos con el séptimo arte, y de forma muy exitosa. El dúo Enrique y Ana (uno de esos dúos que hoy serían demasiado mal vistos por aquello de la diferencia de edad) no iba a ser una excepción. Y les debería ir muy bien las cosas a nivel de ventas, porque les hicieron un producto para su lucimiento que contaba con bastantes más medios que las otras películas de la competencia.
Como la mayoría de estos casos, tenemos unos 15-20 minutos a modo de prólogo para explicarnos lo traviesos que son el colegio y que malos son los adultos, que son tipos encorbatados y grises que tratan a los críos como imbéciles, antes de entrar en materia. Claro, meter a Enriquito como alumno ya era demasiado, así que, en una muestra de genialidad del guionista, lo hacen pasar por profesor de gimnasia. Luego lo que todos conocemos. Agustín González totalmente desatada haciendo de mad doctor que ansía una joya que tiene el poder de la invisibilidad y la destrucción, y que se dedica a buscarle las cosquillas a Luis Escobar, el científico bueno que, además, es el abuelo de los protagonistas. Por en medio José Lifante babeando por Amparo Soler Leal,los Coconut, los Punkitos, Pepa Pipa y Joaquín Luqui entre pósters del Puma. Como decía, el film cuenta con medios más que generosos para el tipo de producto que es. El Barón Von Nekruch luce bastantes cachivaches molones. Su estética (y la de todo su séquito) canta mucho que ha recibido la influencia de la versión en carne y hueso deFlash Gordon (Flash Gordon, 1980) estrenada un año antes. Aunque el propio barón se parece mucho al muy posterior Megamind. Incluso tiene un cohete que parece sacado de las páginas de Tintín. Por su parte, Stanley bebe del abuelo Potts de Chitty Chitty Bang Bang. Y hace mucha gracia el momento que llega con una película de sus hazañas en algún país remoto y uno espera que empiece la proyección de Holocausto caníbal (Cannibal Holocaust, 1980).
Estamos ante una de las películas que reune más momentos míticos por minuto. Desde la aparición de los Coconut, con un Achero Mañas que ni pestañea; y el momento apoteósico es, seguramente, ese concurso musical con Pepa Pipi (que parece doblada por Millán Salcedo) y los Punkitos y su Caca, culo, pedo, pis, con una niña que apuntaba maneras para hacer carrera en los puticlubs más selectos. Aquello era todo un guiño a la incipiente movida madrileña que bien merecían haber ganado el concurso, y no la pareja protagonista, que se metían al público en el bolsillo repartiendo discos chino. Ya lo decía Lisa Simpson: está prohibido usar estímulos visuales. Seguramente ese disco chino causaría furor entre la canallada, pero luego eso no daría vueltas ni daría nada. Pero bueno, quien soy yo para criticar nada, que me compré el diabolo porque Rita Irasema y Miliki lo promocionaban en el Superguay y la semana quedó arrinconado criando polvo.
Las aventuras de Enrique y Ana es uno de los pocos productos minimamente dignos de la época y de su estirpe. Con un buen puñado de hits que si fueran en inglés más de uno lo fliparía (hay alguno que parece una mezcla entre Los Pekenikes y Jean-Michel Jarre); un acabado visual a la altura (obra del oscarizado Gil Parrondo); y con un ritmo lo suficiente ameno para que no se nos haga duro el visionado. El film acabó siendo un exitazo que en Spain llevó un millón de espectadores a poner sus nalgas en las butacas de los cines, y las críticas fueron bastante benévolas. Además, Ana Anguita se llevó el premio a la actriz más prometedora en el festival de Montreal. Casi 40 años después, la cosa ha quedado como otra de las muchas bizarradas que campan por la cinematografía hispánica, que, en un ataque de nostalgia, hará que a los que peinamos canas nos entretenga cosa mala. Eso sí, pónsela a las nuevas generaciones y te arrancarán la piel a tiras como poco.
Durante los últimos días de 1974, Philippe Druillet, Jean Giraud (Moebius) y Jean-Pierre Dionnet se enfrascaron para parir una publicación de ciencia ficción. El invento se llamó Métal Hurlant (nombre ideado por Nikita Mandryka) y en su primer número empieza la serie Arzak de Moebius, que también se encarga de la portada de la revista y de algunas historias mudas. También aportarían historias Dionnet, Druillet o Richard Corben. La crítica de la publicación es buena, pero no así las ventas, que son irrisorias. El distribuidor empieza a devolverles ejemplares que no se venden ni en broma, alegando que el público no quiere ver personajes desnudos en cada viñeta y necesitan que les cuenten historias más simples, no un cúmulo de dibujos que priorizan el diseño a la narrativa. A eso hay que añadirle que el gobierno francés prohibe su venta a menores de edad. De los 50 mil ejemplares impresos del primer número les devuelven 45 mil. Un desastre.
Los derechos son vendidos a los USA, que se publica bajo el título de Heavy Metal. Este hecho es muy importante, pues, además de haberse asentado las ventas francesas, en el nuevo continente comienza a influir a muchas producciones hollywoodienses como La guerra de las Galaxias (Star Wars, 1977), Blade Runner (Blade Runner, 1982),Tron (Tron, 1982) o Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), en la que su director, Ridley Scott, contrata a Moebius para que le haga algunos diseños. Allí la revista estaba editada por National Lampoon, siendo adquirida por su editor, Leonard Mogel, cuando estaba en Francia preparando la versión gabacha de su revista y todavía no habían dado el salto al cine con Desmadre a la americana (Animal house, 1978). Fue después de este film que Ivan Reitman, uno de sus productores y futuro director de Los cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), pensó en que sería buena idea adaptar el universo de la revista a un largometraje animado que se apartase de la idea que los dibujos animados solamente eran para niños. Encargó un guión a Len Blum y Daniel Goldberg, que ya habían escrito un par de películas que había dirigido Reitman: Los incorregibles albóndigas (Meatballs, 1979) y El pelotón chiflado (Stripes, 1981). El duplo se encargó de dar forma a algunas historias que tenían que tener un nexo de unión, en este caso era Locnar, una especie de orbe que representa el mal en el ser humano. Durante 6 historias (más un prólogo y un epílogo) veremos como Locnar aparece en las vidas de un taxista, un adolescente que viaja a otro planeta, un capitán espacial que es juzgado, el piloto de un avión de la Segunda Guerra Mundial, una secretaria que es secuestrada por unos extraterrestres y Taarna, una amazonas vengativa.
Cada unos de estos segmentos tenían un estilo de animación diferentes, ya que cuando Reitman puso la producción en marcha no encontró ningún estudio de animación que fuese capaz de encargarse de todo el largometraje, así que se decidió repartir los sketch en los diferentes estudios. Todos ellos canadienses, al igual que lo era Rock and Rule. Film que guarda algunos paralelismo con Heavy Metal. Pese a esos diferentes estilos todos guardan un trabajo de rotoscopio de base. Cosa que es muy evidente en algunos momentos, como el principio con el descapotable que parece una mezcla entre Ralph Bakshi y las cortinillas de la Mtv de los 80. Luego tendríamos la explosión final que ni siquiera era animación, pues se quedaron sin dinero ni tiempo para dibujarla.
El film acabó teniendo una vida comercial bastante buena, recaudando unos 20 millones de dólares (el doble de lo que había costado) solamente en USA. Después, tuvo problemas con los derechos de la banda sonora y hasta mediados de los 90 no se pudo ver en vídeo. Factor que acrecentó su culto, siendo la circulación de copias piratas algo bastante habitual en los 80. Además, se nota su influencia en, por ejemplo, el videoclip Do the evolution de Pearl Jam, que recuerda la historia del bombardero; la nave de los extraterrestres farloperos se parece a la máscara de deadmau5; o, lo más conocido, la historia del taxista que fue claramente inspiradora de El quinto elemento (The Fifth Element, 1997).
Ya en el nuevo milenio apareció una segunda parte, Heavy Metal 2 (Heavy Metal 2000, 2000) que, sin ser un desastre como se ha dicho, es muy floja y no hace otra cosa que engrandecer a la de 1981. Además, ya no era un puñado de sketch, si no que todo el film contaba una única historia. Se hizo con un presupuesto generoso (15 millones) y con algunas voces conocidas en su V.O. (Michael Ironside, Billy Idol) pero no funcionó. Hace un par de años se hizo Metal Hurlant Chronicles, una serie de 2 temporadas y 12 episodios que aquí, de momento, no nos ha llegado y de la que los fans no hablan demasiado bien. Y, cómo no, desde hace algunos años se habla de nuevas adaptaciones. Al parecer David Fincher había comprado los derechos en su día y luego se los cedió a Robert Rodríguez, que se planteó hacer una serie animada para televisión donde cada capítulo fuese independiente y tuviera un estilo de animación propio. Veremos qué pasa.
Ya sabemos que en la época de los 8 bits, ya fuese en microordenadores o consolas, las licencias cinematográficas estaban tiradísimas. Los grandes estudios todavía no habían olfateado el cash que podía mover un amasijo de pixeles y ni se planteaban montar un departamento para estos menesteres (posiblemente el primero que se olió algo fue George Lucas), y menos después del crack del 83. La cuestión es que ya les iba bien eso de sacar unos cuantos chavos en concepto de derechos para que el calculín de turno programara cualquier cosa. Así que el asunto estaba en que nos colaban tal cantidad de morralla que acabamos asociando lo de "juego basado en película = mierda". Luego la cosa ha mejorado un poco. Pero volviendo a finales de los 80, el juego que sacaron con motivo de Los cazafantasmas 2para Game Boy y la Nes, era de lo poco salvable. El juego tiene poca historia. Tan simple como que hemos de atrapar un número determinado de fantasmas en cada fase. Así dicho puede quedar la mar de sosainas, pero aquí no importa el "que", si no el "como". Con una estética la mar de cuca, con un diseño de personajes estilo super deformed (SD) y una vista semi aérea (estilo los primeros Zelda), controlaremos a uno de los cazafantasmas, encargándonos de disparar el rayo de protones a los ectoplasmas, mientras que tendremos a un segundo personaje, que controla la máquina, siguiéndonos y llevando la trampa. Será en ese momento cuando, con el segundo botón, le daremos la orden que la active. Trabajo en equipo que le llaman. Un sistema de juego que nos recordará bastante al de The firemen para Super Nintendo. Se nota que los de Human tomaron buena nota.
La cosa tiene su gracia. Ir recorriendo unos escenarios bastante bien detallados cazando fantasmas es lo suficientemente adictivo para que pasemos por alto sus dos grades fallos. El primero (y menos importante): la música. Bastante anodina (que no horrible) y que nos invitará a bajar el volumen para escuchar cualquier otra cosa. Evidentemente no nos podíamos librar del clásico tema de la franquicia compuesto por Ray Parker Jr., que suena durante la pantalla del título. Fallo número 2: la AI de nuestro compañero. Como suele pasar en aquellos juegos en los que en algún momento o durante todo el juego nos acompaña un personaje controlado por la máquina, la cosa hace saltar las alarmas. Vamos a tener que llevarlo siempre muy pegadito, ya que a la que queramos ir rapidito se nos va a perder por el camino (aunque tampoco es que sea algo exageradamente desastroso). Tampoco nos ayuda que este personaje tengo su nivel de vida propio. Lo que hará que a la que le toquen (porque aquí si te toca un fantasma has muerto) palme, y al consumir todas las vidas, en el caso de tener alguno de los 3 continues que nos proporcionan al inicio del juego, deberemos volver a comenzar la fase. Aunque, peor hubiera sido tener que empezar algunos de los 4 niveles de los que consta el juego, cada uno de ellos formado por 3 fases, a excepción del último, que son 6. La cuarta ya es el enemigo jefe de fase. Enemigos que, y este casi sería un tercer fallo, son demasiado fáciles (salvo el último, que se las trae), mucho más que las propias fases. A su facilidad hay que añadir que, durante el combate, nuestro compañero no puede sufrir daños (básicamente es invulnerable), con lo que podemos usarlo de parapete.
¿Y que sería un juego sin ítems que nos faciliten un poco la labor? Por el camino nos encontraremos algunas personas que, normalmente, nos obsequiaran con alguna vida extra. También estarán por ahí los otros compañeros cazafantasmas que, además de poder seleccionarlos, nos darán alguna mejora de equipo, ya sea invulnerabilidad, la posibilidad de congelar a los fantasmas un tiempo limitado, algún arma más efectiva a la hora de absorberlos o un pico para romper paredes y evitar dar demasiados rodeos por las habitaciones. Y es que se hecha en falta poder disponer de algún mapa que nos ayude a situarnos en el escenario o que, incluso, nos marque el posicionamiento de los espectros. Al no tenerlo nos veremos obligados a pasar varias veces por las mismas habitaciones, ya que nuestros enemigos aparecen cuando les viene bien. Y esto tiene su aquel, pues cada fase tendremos que completarla en un tiempo determinado. Aunque esto es absurdo, ya que al finalizar el tiempo, en lugar de morir y empezar de nuevo la fase, los fantasmas se convertirán en el logo de los cazafantasmas y los podremos capturar igual, con lo que, si hemos agotado el tiempo, simplemente perderemos algunos puntos de bonificación.
Además para Game Boy, este juego apareció en Nes, como comentaba antes, pero que nadie se confunda, porque existe otro Ghostbusters II para Nes que lo programó Activision y es una castaña de campeonato. Por suerte ese juego no salió de los USA, por eso, al lanzar allí el que programó con mucho más acierto Hal Laboratori (compañía siempre ligada a la franquicia Kirby) le añadieron un "New" (Ghostbusters II) al título, algo así como lo que pasó con la serie animada para no confundirla con la de Filmation. Para acabar de liarlo todo aun más, en los 90 Activision lanzó para Game Boy The real Ghostbusters, que, básicamente, era el Mickey Mouse IV de Kemco, que no salió de Japón, pero con los gráficos modificados, y que en Europa se hizo lo mismo pero ambientándolo en el universo de Garfield. Un lío padre, vamos.
El primer film de Los inmortales costó unos 16 millones de dólares y apenas recaudó 6 en USA, lo que la convirtió en un fiasco. Pero luego llegó el estreno europeo, y ahí la cosa cambió. Sin ser un mega éxito la cosa fue hacia arriba. Luego ya vino su explotación en los videoclubs, donde cosechó un éxito que no había tenido en cines. Ese no éxito en cines, unido a que detrás no había un gran estudio, si no una productora como la Thorn Emi, que tenía más éxito en el mundo musical que el cinematográfico, hizo que una secuela no surgiese de la noche a la mañana. Pero el film fue cogiendo cierto culto que ayudó a que, ya en 1991, apareciese una tardía y problemática secuela.
Aunque siempre ha sido una película muy criticada por cepillarse la mitología original, alguna cosa sí respetaron. Es el caso del famoso premio final, que, además de ser mortal (que es con lo que suele quedarse la gente), también puede leer el pensamiento de la gente. Y es con este poder con el que Lambert consigue crear una capa de ozono artificial, pues la original está casi desaparecida y la población palma de cáncer de piel como si nada. Sí, estábamos en los 90 y todo el tema ecológico era menester en nuestro día a día. Si hasta se marcaban series como Capitán planeta o Seabert, la de la foca blanca.
Volvamos con Lambert y sus colegas. Paralelamente, descubrimos que los inmortales son en realidad habitantes del planeta Zeist, que cuando la lían en lugar de meterlos en una cárcel los mandan a la Tierra, les borran la memoria y les incitan a que se maten entre ellos y el que quede tiene la opción de envejecer en nuestro planeta hasta morir o volver al suyo. En estas que en ese planeta hay un tal general Katana (nombre cojonudo) que responde a los rasgos faciales de un Michael Ironside con peluca que parece Jack Nicholson. El tipo está siempre cabreado, muy cabreado, y como él mandó a Lambert a la Tierra y sabe que sigue vivo, decide enviar un par de esbirros a que lo liquiden. Éstos le aconsejan, muy sabiamente, que lo deje estar, que nuestro inmortal favorito es un viejales de 80 tacos y que le quedan dos telediarios. Pero Katana erre que erre, se le ha antojado que quiere matarlo, no sabemos muy bien porqué, y punto. Así que cuando los dos esbirros ponen los pies en la Tierra, Lambert rejuvenece por alguna especie de magia y se los carga. También resucita Sean Connery, aunque lo más lógico (si es que se puede usar algún tipo de lógica en esta película) es que lo hubiera hecho Clancy Brown y su Kurgan, que fue el inmortal que llegó a la "gran final". Pero bueno, Lambert se había hecho muy colega de Connery y le sudaba los huevos cualquier tipo de coherencia argumental, y si él quería que resucitara Ramirez pues Ramirez resucita y el guionista agacha la cabeza, que para eso le pagan.
A partir de ahí la cosa no tiene mucho o nada que ver con la batalla de los inmortales, si no que Lambert se encoña de una activista ecologista con la que descubre que la capa de ozono original se ha regenerado y quieren desactivar la artificial que ahora está controlada por una corporación muy mala que, tampoco sabemos muy bien porqué, quiere que la capa artificial siga ahí.
Todo ello con unos decorados plagiados vilmente de Blade runner y unos efectos especiales francamente horrendos, sobre todo lo que tiene que ver con los cromas donde aparece ese cielo rojizo. (D)Efectos que deben toda su cutrez al descalabro que supuso que algún iluminado decidiese que la rodarían en Argentina, justo en el momento que el país entraba en (una de sus muchas) crisis y el valor de su moneda se iba a tomar por el orto. Un guión que se modificaba sobre la marcha; Lambert queriendo abandonar la película (cosa que no pudo hacer por cláusulas de su contrato); Connery que apenas estuvo 9 días para rodar sus escenas, acusado de sobrepasarse con una fémina; y Russell Mulcahy perdiendo todo el control creativo del esperpento en favor de la compañía de seguros. Ni siquiera le dejaron supervisar el montaje final, lo que hizo que se largara al cuarto de hora en la proyección el día del estreno. Con el tiempo consiguió reunir el montante suficiente para rodar algunas escenas sueltas y hacer un montaje nuevo. A todo esto se le llamó Highlander II. Renegade version, que, sin llegar a ser la repanocha, mejoraba considerablemente la versión estrenada en cines. El nuevo montaje usaba el recurso de los flashbacks que tan bien quedaba en la primera película, dejando de lado la edición cochamborsa que hicieron en el estreno.
Aun y así, está claro que fue una enorme cagada explicar la procedencia de los inmortales, esa falta de información es lo que le daba gracia al film original. Ya sabemos que cuanto más se explique, más decepcionante acaba siendo todo, con lo que en este nuevo montaje se eliminó cualquier referencia al origen extraterrestre de los protagonistas, quedando como si pertenecieran a una civilización perdida del pasado. Cosa que queda todavía más extraña pues para ser una civilización de varios siglos atrás tienen una tecnología que ya quisieramos. Aun y así, este nuevo montaje pone algo (no mucha) de coherencia y cordura al desaguisado, con un final mucho menos apresurado, quedando todo algo mejor explicado. Varios años después se aprovechó este montaje para hacer otro, esta vez llamado simplemente "Special edition" donde arreglaban algunos efectos especiales, como es el caso del cielo rojizo, que pasa a ser azul.
Lambert, Connery y Mulcahy descojonándose en nuestra cara
La cosa había mejorado un poco, pero ya daba igual. Esta secuela es por méritos propios una de las continuaciones más desastrosas de la historia del cine. Es sintomático que las secuelas y series que vinieron después la ignoraran, y eso que éstas tampoco eran gran cosa. Al final sólo puede quedar uno, y ese uno es la película original de 1986, porque lo que vino después son montañas de mierda a mansalva.
A mediados/finales de los 80 el nombre de John Carpenter ya era conocido de sobras. Siempre amparado en el género fantástico/terror supo muy bien campear los malos tiempos cuando La cosa (The thing, 1982) no acabó de funcionar demasiado bien, al igual que Christine (Christine, 1983) y, sobre todo, Golpe en la pequeña China (Big Trouble in Little China, 1986). Después de ésta, firmó un contrato de 4 películas con Alive Films. La primera de ellas fue El príncipe de las Tinieblas (Prince of Darkness, 1987), que sin llegar a desmerecer tampoco era la repanocha. La segunda y última fue Están vivos (They live, 1988).
Basada en el relato Eight O'Clock in the Morning de Ray Nelson, Carpenter firma el guión bajo el seudónimo de Frank Armitage que, como era costumbre en él, era un guiño/homenaje a alguna de sus filias (en este caso al universo de Lovecraft). Además, como ha sido habitual, de encargarse de la banda sonora.
Con un protagonista totalmente atípico, el luchador de wrestling recientemente fallecido Roddy Piper, más conocido como "el gaitero", que se hizo con el papel porque Carpenter, aunque alguno le sorprenda, era un gran aficionado al pressing catch. Además teníamos a Keith David, que ya lo habíamos visto en La cosa (The thing, 1982); Meg Foster, la Evil-Lyn de Masters del Universo (Masters of the Universe, 1987); y un visto y no visto de Al Leong, el chino que hemos visto en mil episodios de El equipo A y cualquier (sub)producto de artes marciales/acción 80tero.
La película sufre de un lastre difícil de ignorar: un ritmo tedioso. Y no sólo por la ya famosa pelea entre Piper y Keith David de más de 5 minutos (que en un primer momento estaba planeado que apenas durase 90 segundos), si no porque toda ella es un paseo por la negación de las elípsis. No es hasta pasados sus primeros 30 minutos que realmente empieza la trama del obrero que, casi por casualidad, descubre que vivimos engañados en un mundo controlado por seres extraterrestres que nos incitan al consumo masivo. Esa media hora es difícil de llevar. Con un Roddy Pipper que deambula de un lado a otro sin explicarnos mucho y nada.
Me parece tremendamente interesante que los alienígenas no quieran invadir la Tierra para convertirnos en sus esclavos o alimento, si no que son una suerte de brókers interestelares que buscan hacer negocio y llenar de ceros sus cuentas bancarias. Carpenter no se esconde en su crítica nada velada al sistema de vida norteamericano de los pixelados 80, usando la fisionomía de Ronald Reagan para diseñar las caras marcianas. También trata temas totalmente actuales, con ese Roddy Pipper que ha sido víctima de la burbuja inmobiliaria y por ende, perdiendo su trabajo en la construcción. Además de mostrarnos en blanco y negro las escenas donde vemos la realidad, que, además de un homenaje a las películas de los 50, nos da a entender que la realidad es gris y aburrida, mientras que la "otra vida", la que vivimos por y para consumir, es colorista.
Aquí nis llegó extremadamente tarde. Su estreno no fue hasta el verano de 1992, casi 4 años después de su lanzamiento en los USA. Por lo menos Lauren Films se lo curró un poco y montó un concurso en el que regalaban unas gafas plasticosas que emulaban a las de la película (con logo incluido), con las que podíamos ganar 20 kilitos de la época (unos 120 mil € inflación aparte). La cosa, como iba siendo habitual en la filmografía del director, acabó en un pseudo fracaso (más por las expectativas que por lo recaudado) con unos ingresoso de casi 15 millones en USA, habiendo costado unos irrisorios 4 millones.
Pese a ser bastante o muy conocida, ésta no es de las mejores de Carpenter, aunque, sí es en la que más se moja y más critica el modelo de vida norteamericano. Los personajes son bastante planos, como el personaje de Meg Foster, que nunca se nos acaba de explicar qué pinta en el bando de los malos. Aun y así, tiene detalles y momentos para el recuerdo, como los mensajes ocultos que están por todas partes, o el cachondo plano final del marciano y la mujer. Detallitos que merecen la pena para darle una oportunidad a la cinta.
Lejos, muy lejos, quedan aquellos años que James Cameron era un don nadie en Hollywood y tenía que meterse a codazos en las filas de Roger Corman, pariendo los efectos de Los 7 magníficos del espacio (Battle Beyond the Stars, 1980) o dirigiendo la segunda unidad de La galaxia del terror (Galaxy of Terror, 1981). Y sería precisamente con una secuela de una producción Corman donde haría su debut como director. Aunque aquí el productor deLos 4 fantásticos 90teros no estaba por en medio y le había cedido la batuta a Ovidio G. Assonitis, otro amigo del exploit. Piraña II. Los vampiros del mar (Piranha Part Two: The Spawning, 1981), sería una de las muchas basuras marineras que surgieron a raíz del éxito de Tiburón (Jaws, 1975) de la que ya nadie se acordaría si no fuese porque Cameron estuvo detrás de la cámara. Al menos durante un par de semanas, ya que su vena perfeccionista retrasaba constantemente el rodaje, a lo que Assonitis respondió con un despido, tomando él mismo las tareas de dirección. Aun y así, Cameron seguía por Italia, donde se rodaban los interiores, y si un duro, colándose en la sala de edición para hacer el montaje a espaldas del productor. Finalmente, por cuestiones legales, Cameron aparecía en los créditos como director, aunque él reniega de la película y no la considera su debut. Sería durante ese rodaje que tuvo la idea de Terminator a raíz de un sueño. Consiguió vender el guión a la productora que había creado Gale Anne Hurd, a la que había conocido cuando trabajaban para Corman y que a la postre acabaría siendo su mujer.
A la hora de confeccionar el casting se pensó en un Schwarzenegger que todavía no había conseguido dar el pelotazo que lo catapultara al starsystem hollywoodiense salvo por el papel principal de Conan, el bárbaro (Conan the Barbarian, 1982), que le había dado algo de popularidad. Pero en un primer momento pensaron en él como el protagonista que viaja al pasado para salvar la vida de Sarah Connor, pero Cameron le dio la vuelta a la tortilla y lo fichó para encarnar al malo. Además teníamos a Linda Hamilton, Michael Biehn, Lance Henriksen, Bill Paxton, Brian Thompson y un cameo de Dick Miller.
La mayoría de los que participaron en el fin tenían muy pocas esperanzas en él. El propio Arnie la hizo a regañadientes, pensando que al ser una modesta serie B
no llamaría demasiado la atención y un posible fracaso no sería
demasiado negativo en su carrera, además de creer que hacer de "robot
malo" podría romper la tónica de sus películas de tío cachas en calzoncillos (Hércules en Nueva York, Conan el bárbaro).
Terminator es una serie B que con 30 años a sus espaldas aguanta fenomenalmente el tipo. Salvo los 5 minutillos que nos muestran de la futura guerra entre humanos y máquinas, donde se notan los cromas y el stop motion de los androides, y la escena con el animatrónic de Arnie (obra de Stan Winston), no se le nota cutre o pobretona. Con un Schwarzenegger que, posiblemente, nunca estuvo tan bien. Cosa que jugaba en su favor el que le dieran poquísimas líneas de diálogo y que sus malas dotes interpretativas ayudaran a dar vida a un robot frío y sin sentimientos.
En USA fue distribuida por la Orion, que no contaba que pudiera hacer mucha taquilla. Pero para su sorpresa, funcionó tan bien que estuvo un par de semanas número 1 y en todo el mundo amasó 80 millones de dólares. Tal fue el éxito que acabó creando una ristra de exploits como El guerrero de hierro (American cyborg, 1993), Alienator (Alienator, 1989), Destroyer. Brazo de acero (Vendetta dal futuro, 1986). Y luego estaban las que no tenían nada que ver con esta serie de copias y era cosa de nuestras distribuidoras que le metían títulos para ver si caíamos: la indonesia Lady Terminator (Pembalasan ratu pantai selatan, 1989), Terminator Woman (Eve of Destruction, 1991) o The Vindicator (The Vindicator, 1985). Luego está el caso de Terminator 2 (Terminator 2, 1989) de Bruno Mattei, que ya venía así de serie. Terminator 2. El juicio final (Terminator 2: Judgment Day, 1991). Después de varios años intentando hacer una secuela, por fin, en la nueva década de los 90, se pudo materializar gracias a que Carolco compró los derechos y la tecnología digital estaba bastante avanzada, tal como pudo comprobar el propio Cameron con su Abyss (The Abyss, 1989). La idea de un terminator de metal líquido ya estaba en la idea inicial del primer film, pero era imposible de materializar en pleno 1984. Ya con la tecnología necesaria, Cameron recuperó la idea para una secuela que, en gran medida, es un remake del original, pero con mucha más pasta, más espectacularidad visual y un Arnie haciendo de bueno, pues ya había alcanzado su estatus de gran estrella mundial y debía ser el bueno sí o sí. Linda Hamilton repetiría como Sarah Connor, al igual que Michael Biehn en una breve aparición. Además tendríamos el debut de Edward Furlong y a un Robert Patrick haciendo de T-1000, su papel más importante, para después arrastrarse en multitud de subproductos. En su momento, el film fue la cúspide de los efectos digitales, pero, 25 años después, éstos han quedado desfasadísimos, con momentos que cantan mucho. Pese a esto, sigue siendo un action film trepidante, con momentos míticos como la escena de la persecución en moto, y, para muchos, es la mejor de la saga. En su día fue la película más cara de la historia (100 millones de dólares) y acabó siendo la más taquillera del 91 con más de 500 millones recaudados en todo el planeta. Cinco años después, Cameron reunió al elenco para rodar T2 3-D: Battle Across Time, una atracción en tres dimensiones para el parque temático Universal. Terminator 3. La rebelión de las máquinas (Terminator 3: Rise of the Machines, 2003). Una década después de la secuela que acabó convirtiendo una serie B ochentera en un producto mainstream nos llegó esta nueva entrega. Y seguramente no fue decisión de los productores alargar tanto la espera. Siendo las dos películas existentes (y la atracción) obra de Cameron, parecía indispensable que éste estuviera detrás de cualquier película de la saga. Así que estuvieron esperándole mientras se dedicaba a sus movidas con cámaras, profundidades marinas y Titanics por doquier. Los productores, cansados de esperar, debieron pensar que a fin de cuentas la película se vendía sola y era más importante convencer a Arnie, que durante un tiempo decía que sólo la haría si Cameron era el director. Pero el tiempo iba pasando y su filmografía entró en una decadencia que le hizo cambiar de opinión, sabiendo que volver a encanar a su personaje más icónico era garantía de éxito. O al menos eso era lo que pensaba. La historia la de siempre: Skynet envía al pasado a un cyborg para que elimine a la futura mujer de John Connor, a lo que éste responde enviando a un terminator "bueno". Nick Stahl (que luego protagonizaría la serie Carnivale) reemplazaba a Furlong, que ya había entrado en su particular infierno de drogas; Claire Danes hacía de su futura mujer y, para variar un poquito, pondrían un cyborg femenino, interpretado por Kristanna Loken, que luego acabó protagonizando varios títulos de Uwe Bowl. La película costó 200 millones de dólares y amasó más de 400 en todo el planeta, pero las críticas fueron tirando a negativas. Se metieron mucho con algunas secuencias humorísticas como la primera aparición de Arnie o que, por mucho que dijeran que se había puesto en forma, cuando aparece desnudo se nota que está retocado digitalmente. En cambio, las escenas de acción son tremendamente físicas, como demostró el director Jonathan Mostow en la reivindicable Los sustitutos (Surrogates, 2009). Terminator Salvation (Terminator Salvation, 2009). Anteriormente la saga había dado el salto al renovado mundo de las series televisiva con Las crónicas de Sarah Connor (Terminator: The Sarah Connor Chronicles, 2008-09), que no acabó de cuajar entre la audiencia y la Fox la finiquitó después de la segunda temporada. Después que los derechos de la franquicia cambiaran de manos, los nuevos productores decidieron hacer un reboot de la saga y dar a los fans lo que llevaban 3 películas esperando: la famosa guerra entre humanos y máquinas de las que apenas nos habían enseñado unos pocos minutillos. Pero ni con eso, ni con un reparto encabezado por Christian Bale, con Sam Worthington, Bryce Dallas Howard, Helena Bonham Carter, Michael Ironside y una recreación del Chuache de los 80, pudieron salvar el lastre de contar con McG en la dirección. El invento acabó siendo un pseudo fracaso, pues costó 200 millones y recaudó poco más de 300 en todo el mundo. Lo que unido a unas críticas no demasiado favorables, dieron al traste cualquier intento de seguir con esta nueva saga. Al igual que la segunda entrega, se hizo una atracción para algunos parques de atracciones llamada Terminator X: A Laser Battle for Salvation. Aquí la cosa no era un corto tridimensional, si no un juego de disparos por equipos del estilo Q-Zar. Además del Apocalypse: The Ride, una atracción de vagonetas. Terminator Génesis (Terminator Genisy, 2015). Lo que en un principio debía ser una nueva trilogía acabó por no materializarse por una mala taquilla. Pero alguien pensó que la saga todavía podría ser rentable y contrataron a Alan Taylor (Thor) para volver a reactivarla. Además de volver a contar con Arnie, que había puesto a caer de un burro la anterior entrega. Al final parieron una historia que acaba enmarcada en los films de viajes en el tiempo, con muchos saltos y paradojas de esas que nos molan. Además de ser un homenaje a las primeras entrgas de la saga, pues recrean escenas (como la aparición de los protagonistas en la pelicula de 1984) tal cual las vimos. Eso sí, ya da un poco de penita ver a Arnie con esas pintas y como durante toda la película le llaman "abuelo". Aun y así la peli aguanta muy bien el tipo como un producto totalmente palomitero y estival, sin ningún tipo de pretensión de querer hacer algo nunca visto. En los USA no llegó a los 90 millones recaudados. Pese a todo, en el resto del mundo, ha hecho algo más de 200, lo que no le salva de ser considerada un pequeño fracaso que hace muy difícil que veamos una nueva entrega.