viernes, junio 28, 2019

El tren del terror


Primer slasher del que tengo conciencia de haber visto. O medio visto, porque con 6 o 7 años no es que tuviera excesivo interés en este tipo de películas, en una época que ni siquiera sabía de la existencia de un subgénero que se llamase slasher, para mí simplemente eran películas de miedo. Y como bien marcan los estandartes de la época, con un póster/carátula maravillosa, de las que te despertaban la imaginación y tú solo te montabas la historia en tu cabeza.


Para hablar de El tren del terror hay que pararse en la figura de su director por fuerza. El señor Roger Spottiswoode empezó en esto del séptimo arte como montador. En aquellos años 60 no era extraño que la figura de el editor diese el salto a la dirección, que era su verdadero objetivo. Y ahí empezó como asistente o segundo montador de documentales. Un día recibió el encargo de montar una escena de Perros de paja cuando ésta todavía se estaba rodando. Sam Peckinpah, en uno de sus muchos rifirrafes, había despedido a varios de los montadores que habían ido contratando y Spottiswoode iba a ser un parche mientras encontraban a otro. Finalmente acabó montando el resto de material y haciendo buenas migas con el director, con el que volvió a trabajar en La huida y Pat Garrett y Billy el Niño, que, junto a su trabajo en El luchador de Walter Hill, le permitió adquirir prestigio. Lamentablemente para él los tiempos en los que el editor podía pasar a la dirección habían terminado y en esos finales 70 quienes daban el salto eran los guionistas. Así que probó fortuna escribiendo.

Queriendo subirse a la moda del subgénero de banda callejeras (The Warriors, Las pandillas del Bronx) hizo llegar un guión basado en unas bandas de Los Ángeles a Sandy Howard y Harold Greenberg, que habían producido La muchacha del sendero o El barco de la muerte. Éstos le llamaron porque tenían un primer borrador de El tren del terror y querían que lo puliera, pero éste no estaba interesado y rechazó la propuesta. A los meses le volvieron a llamar, volvió a rechazar la proposición y le ofrecieron dirigirla. En el fondo a los productores les iba muy bien tenerlo en el equipo, ya que necesitaban a gente canadiense para poder recibir las ayudas del país.


Un grupo de estudiantes de medicina organizan una fiesta de Navidad. En ella le ponen un ridículo gorro a los estudiantes vírgenes. Al más pasmado lo llevan a una habitación donde le aguarda una chica para mantener relaciones. Pero lo que éste se encontrará será el cadáver que unos de los bromistas ha sacado de la morgue y el pasmado se llevará tal susto que acabará traumatizado y encerrado en un centro psiquiátrico. Tres años después los chicos, ya graduados, deciden hacer una fiesta de disfraces durante un viaje en tren donde irán asesinando a los asistentes.


Como reina de la función (o del grito) tenemos a Jamie Lee Curtis (y sus dientes negros) que acababa de terminar la filmación de Prom night; Ben Johnson, dando la nota de actor que había vivido tiempos mejores cuando rodaba westerns con John Ford; D.D. Winters, luego conocida como Vanity cuando fue la cantante de Vanity 6, aquel grupo apadrinado por Prince; y el mago David Copperfield, que por estos lares se le conoció más por encamarse con Claudia Schiffer que por sus trucos.

Y a nivel técnico hay que destacar que el director de fotografía fue John Alcott, que venía de hacer lo propio en ni más ni menos que en El resplandor de Kubrick, con el que trabajó varias veces (ganó el Oscar por Barry Lyndon). Realmente llamativo que un tipo con semejante currículum y estando en pleno apogeo participase en una producción como El tren del terror.



Aunque podemos encontrar antecedentes en los 60 (Psicósis o el giallo) no sería hasta 1978 con el mega éxito de Halloween de Carpenter que el subgénero cobraría entidad propia y empezaría su época dorada marcando sus propias reglas (asesino enmascarado, un trauma del pasado, la chica que acaba sobreviviendo...) y todos los estudios de hollywood querían apuntarse a la moda. Paramount lo petaría con Viernes 13 y la Fox, deseosa de subirse al carro, adquirió los derechos de distribución de El tren del terror con intención de estrenarla en época de halloween en 1980. Pero en sus ansias de recaudar le llevó a adelantar el estreno un mes. Al final de su carrera comercial apenas llegó a los 8 millones de dólares, lo que habiendo costado algo más de 3, la cosa quedó muy deslucida.


El tren del terror hay que enmarcarla dentro del slasher porque respeta la reglas y, no nos engañemos, forma parte de filón de la época, pero a Spottiswoode poco le interesa enseñarnos los asesinatos de forma gráfica y siempre corta cuando el cuchillo está apunto de tocar la carne o directamente tenemos los asesinatos fuera de cámara. Parece que estaba más interesado en hacer una de terror pero sin ser demasiado gráfico en las muertes, aunque viendo su posterior filmografía (Air America, ¡Alto, o mi madre dispara!, El mañana nunca muere, El sexto día) parece más que evidente que poco le interesaba el género e hizo la película para poder dar el salto a la dirección. Aun y así le pone oficio y el resultado no es para nada desdeñable, sobre todo en su último tramo. Algunas de sus ideas (no sé si de manera fortuita o intencionadamente) acabaron viéndose en posteriores slashers. Que el asesino robe la máscara de una de sus víctimas para hacerse pasar por él (esto seguro que ya se habría visto en films anteriores) lo veríamos en Viernes 13 3D, pariendo al icono pop que es hoy del Jason con su máscara de portero de hockey. O el twist final, totalmente sorprendente, acabaría dando fama a la posterior Campamento sangriento (Sleepaway Camp).

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