viernes, febrero 13, 2015

Las aventuras de Andy Colby

Las aventuras de Andy Colby, Roger Corman, Deborah Brock, Andy Colby's Incredible Adventure, Andy Colby's Incredible Adventure

Si había una distribuidora que me diera repelús a la hora de alquilar películas en el videoclub esa era Record Vision. Vale, sí, tuvo su momento de gloria cuando sacó Terminator 2, Akira, El señor de las bestias... Mutronics, si me apuras... pero eso no era suficiente para reparar el mal hecho con infinidad de subproductos que mataban neuronas con la misma facilidad que Belén Esteban se destroza el tabique a base de perico. Esta terrible distribuidora tuvo a bien de crear algún subsello, ya que en un primer momento te sacaba todo bajo el nombre de Record Vision, ya fuesen los dibujos animados de Cool McCool o mucho de la Filmation como Blancanieves Christmas, sus subproductos de pseudo acción asiática o el porno de Francois Papillon y la neumática Kascha.

Record Junior acabó siendo el nombre que acogía toda la basurilla infantil/juvenil con la que nos atacaba esta gente. Y por ahí apareció Las aventuras de Andy Colby (también conocida en USA como Andy Colby's Incredible Adventure y en su paso a vídeo como Andy and the Airwave Rangers), la cual cogí en el videoclub algún caluroso día de verano y, la verdad, me dejó poso.

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Andy Colby es un vivaracho crío que tiene que pasar la tarde cuidando de su insufrible hermana pequeña. Y, como buen adolescente de finales de los 80, no se le ocurre mejor forma de pasar el trago que hacer una visita al videoclub y amansar a la fiera. Una vez en el templo de las cintas Beta se topa que el videoclubero no es el tipo de siempre, si no que ahora un señor con cara de tener material prohibido en el disco duro de su ordenador, el cual le muestra una extraña cinta que acaba de llegar. Ni corto ni perezoso, Andy pilla la cinta y, una vez en casa, se dispone a pasar el rato con el visionado de esa extraña película cuando su hermana es absorvida por el televisor y, una vez en el otro lado, raptada por Lord Chroma, un tipo que roba los colores y está dejando su mundo en un triste blanco y negro. Por supuesto que Andy no se quedará de brazos cruzados y embarcará una aventura a través de la pantalla de su televisor.

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Lo cierto es que visto esta sinopsis la cosa puede llegar a sonar mínimamente interesante, pero otra cosa son los hechos y, ¡ay, amigo!, cuando vemos que detrás de Las aventuras de Andy Colby está el mismísimo Roger Corman el tufo empieza a impregnarlo todo. Porque si por algo es conocido este señor es por racanear hasta el último céntimo, interesarle muy poquito los logros artísticos de sus (sub)productos y reciclar hasta la extenuación escenas de sus producciones. Ahí tenemos el caso de Space raiders (Invasores del espacio), que se limito a rodar algunas escenas con algún decorado reciclado y usar las escenas de naves espaciales que había rodado en su día para Los 7 magníficos del espacio, con lo que por el precio de media película tenía una entera y con muchos efectos especiales.
En el caso que hoy nos ocupa la cosa no dista en nada. Una vez que Andy Colby entra en su televisor se dedica a ir de canal en canal como haría años más tarde el bueno de John Ritter en Permanezca en sintonía, pero al final lo que realmente hace es saltar de bazofia y bazofia de Corman. Salvo unos 20 minutos, el resto del metraje es totalmente reciclado. ¡Y eso que la cosa apenas llega a la hora y diez con créditos incluidos!

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Así que lo que vemos es al chaval deambular por Space raiders (again), Los hechiceros del reino perdido, La carrera de la muerte del año 2000 o, en menor medida, Robots asesinos. Sí, en su mayoría estos films tenían por en medio algún niño y lo aprovechan para, mediante un tercermundista croma, insertar a Andy Colby. En el caso de Los hechiceros del reino perdido (Wizards of the Lost Kingdom en su V.O.) es más criminal, porque además del niño hay un señor disfrazado de bicho peludo, con lo que en Las aventuras de Andy Colby se sacan de la manga un personaje muy similar llamado Glitch. Lo que añadido a que las escenas rodadas para la ocasión nos revientan los ojos con unos cromas más cutres que los de Pinnic, TPH Club o en El Club Super 3 en la época del Petri y el Megazero.

Mención aparte que la mayoría de este nuevo material es puramente de relleno, con todas esas escenas con Lord Chroma acosando a la niña. Escenas muy, muy chungas con cierto toque pederasta que hoy en día ni se plantearían hacer. Todo ello en conjunto acaba dejando un mal cuerpo terrible. Todo es muy chabacano, cutre, sórdido y que, aun y así, te produce el mismo efecto de chunguez cerebral que nos daba El planeta imaginario. Aunque eso no sé si es o no bueno en este film no apto para daltónicos.

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Además del mentado Corman, tenemos a Deborah Brock en la dirección. La señora ya había dirigido un año antes Slumber Party Massacre II, también para Corman y su Concorde. Ya en 1991 dirigiría su tercera y última película también para la Concorde, Rock 'n' Roll High School Forever, secuela de Rock and Roll High School, aquella en la que salían los Ramones y, efectivamente, estaba producida por Corman. En esta segunda parte el cast estaba liderado por un decadente Corey Feldman.
Volviendo a Las aventuras de Andy Colby, en el cast nos topábamos alguna que otra cara conocida: John Franklin, el Isaac de Los chicos del maíz; Lara Piper, que luego saldría en la serie Los primeros de la clase; Randy Josselyn, que aquí hacía de Andy Colby y tuvo su momento de gloria con un personaje regular en la primera temporada de Cosas de casa; Jessica Puscas, que la habíamos visto en Frankenstein Hospital General; y Dianne Key, era una de las Bradford en Con ocho basta, además de haberla visto en 1941 de Spielberg

Lo dicho, estamos ante uno de los muchos reciclajes de Corman que, posiblemente, quisiera apuntarse al carro de las producciones infantiles/juveniles donde el protagonista de turno se adentra a un mundo de fantasía como lo hicieran los Bastian de La historia interminable o la Sarah de Dentro del laberinto. Evidentemente éstas dan sopas con hondas a Las aventuras de Andy Colby, que simplemente tiene la función de recordarnos como hubo una época en que cualquier basura era capaz de tener su mercado.