viernes, enero 08, 2021

La invasión de los zombies atómicos


Es curioso como en pleno boom del exploit zombie, donde los italianos encontraron una mina (realmente picaron de todas las modas que tuvieran un mínimo de éxito en USA), aquí nadie se subió al carro. Los films de templarios de Ossorio quedaban ya muy lejos y estaban en un punto más romántico y gótico, casi más cercanos a la Hammer. Piquer Simón estaba por otros menesteres y Naschy seguía a su rollo con el hombre lobo. Y poca cosa más en el fantaterror en una época que la ley Miró estaba a la vuelta de la esquina. Parecía que aquí la gente estaba más con el cine S y el destape.

Aun y así habrían sus excepciones, pero que no dejaban de ser coproducciones como es el caso de No profanar el sueño de los muertos de Jorge Grau (coproducción con Italia y rodada en gran medida en Inglaterra), Apocalipsis caníbal de Bruno Mattei (producida junto a Italia) y La invasión de los zombies atómicos de Umberto Lenzi (coproducción con México e Italia, pero rodadas casi íntegramente por nuestras tierras -Zaragoza y Madrid-).


Un periodista es enviado al aeropuerto para hacer una entrevista a un científico. Allí aterriza un avión sin identificarse, lo que hace que el equipo de seguridad del aeropuerto se despliegue. Cuando las puertas del avión se abren salen un montón de individuos furiosos abalanzándose sobre todo el mundo y provocando el caos.


Si algo no se le puede recriminar al film de Lenzi es su ritmo endiablado. Aquí ni hay presentación de personajes ni se toman su tiempo para preparar al espectador para la que se avecina. Títulos de crédito y los zombies ya pueden salir y masacrar a todos los que se ponen por delante. Da igual que sea todo tan ridículo como un estudio de televisión donde emiten un programa de aerobic con un grupo de chicas embutidas en mallas y calentadores o un montón de militares diciendo eso que la única manera de destruirles es con un disparo en la cabeza. Detalle que nos proporcionará los efectos más evidentes pero, a la vez, más vitoreados del film.

Al ser una coproducción a tres bandas tenemos caras de todos los sitios por aquello de contentar a todos los públicos. Como prota al mexicano Hugo Stiglitz, que ya lo habíamos sufrido en mucho subproducto de Cardona Jr. (Tintorera, El diabólico triángulo de las Bermudas); Eduardo Fajardo (casi siempre haciendo de malo en eurowesterns); Manuel Zarzo (otro clásico de la españolada de la época); Stefania D'Amario (que te la podías encontrar en Nueva York bajo el terror de los zombi o en la oscarizada El paciente inglés) y las glorias venidas a menos como Paco Rabal (como el coronel Warren, que no para de manosear a la tías) y Mel Ferrer, cuando en plena decadencia encadenaba La isla de los hombres peces, Caimán o Comidos vivos.
En la banda sonora Stelvio Cipriani, que ya lo habíamos tratado en Polvos mágicos y aquí se marca un trabajo que si lo llega a firmar John Carpenter la peña moja las bragas. En el guión localizamos a Luis María Delgado, habitual director de productos para el lucimiento de Fernando Esteso (Pepito piscinas), Paco Martínez Soria (La tía de Carlos), para el público infantil (Chispita y sus gorilas, Loca por el circo) o aquel engendro de Cruz y Raya de título Ni se ocurra... (dejar de verla). Ya a finales de los 90 estuvo como productor de unas cuantas de ¡Garci!


De entrada ya hay que dejar claro que los zombies de La invasión... son zombies de aquella manera. Aquí no son muertos vivientes que salen de la tumba y andan lentamente buscando pegarle un bocadito a las víctimas de turno. Aquí corren, llevan y usan armas, parece que razonen... casi podríamos emparentarlos con los famosos "infectados" de 28 días después, pero facturados 20 años antes. Aunque ya en el 77 tuvimos Ondas de choque de Ken Wiederhorn donde los zombies ya habían dejado de ser lentos y torpes, aunque en estos terrenos pantanosos uno ya duda si son zombies o experimentos de supersoldados.
Volviendo a La invasión... A sus características hay que añadirles un aspecto estético como mínimo llamativo. Su cabeza parece un cruce entre la del Vengador Tóxico y un avispero. Cosas de la serie Z.
Incluso, para acabar de liarlo todo, hay quien los emparenta dentro del vampirismo por aquello que se alimentan exclusivamente de sangre. 


Lenzi, al igual que Fragasso con su Troll 2, se quiso sacar de la chistera un mensaje contra la vida moderna y los peligros de los experimentos biológicos (todo muy de chancleta como la conversación entre los protagonistas que se quejan del café instantáneo -sic-) y hasta criticaba que catalogasen a la película como de zombies. El buen hombre se pasó los últimos años de su vida medio renegando de este y sus otros films adscritos al horror. Encima le jodía mucho más que todos los que se acercaban a él era para preguntarle sobre ellas. ¿Justicia poética?


Que La invasión de los zombies atómicos será tildada de anticine por los más sesudos está claro. Que las actuaciones son malas, el guión no tiene ni pies ni cabeza, que los efectos se vean a leguas... lo sabemos todos. Ahora bien, la película de Lenzi no da tregua y ofrece a sus espectadores lo que esperan. Que viene a ser sangre, truculencia, cabezas reventadas y hasta tetas (porque estos infectados, antes de morderle la yugular a las señoras, les rompen la blusa by the face). Todo ello a todo trapo, sin dar un momento de respiro, siendo casi una película de acción. Es por todo ello que si quieres dejar que algunas de tus neuronas mueran licuadas pero pasándotelo pipa, lo tienes fácil con La invasión de los zombies atómicos.

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